«Aborawi: Un ave que canta en los pliegues imprevistos del sueño».
| El pintor y el crítico de artes plásticas Abdurazaq Okasha |
Hubo un instante de vacilación inicial, un fugaz y estéril reproche hacia mi mismo al descubrir la magnitud de una ausencia. ¿Cómo era posible ignorar la figura de este maestro de la plástica, docente en la Universidad de Trípoli y residente en la Granada andaluza, mientras uno mismo recorre los circuitos del arte global? Sin embargo, el desconcierto se disipó al hallar la voz lúcida e incorruptible del crítico Adnan Meatek, cuyo verbo exento de servilismos ilumina la trayectoria de un creador ineludible.
Matug Aborawi, estandarte de la generación de los noventa en el arte contemporáneo libio, despliega una pincelada soberana. Su obra es un ejercicio de fervor visceral; cada golpe de color y cada tensión estructural revelan una urgencia poética donde la energía vital y la materia pictórica se funden sin intermediarios.
La Geografía del Absoluto y el Drama Humano
Consagrado internacionalmente en España y otros escenarios, Matug encarna al intelectual árabe profundamente concernido por el pulso de la humanidad. Su sensibilidad cartografía el drama contemporáneo: el mar, las costas infinitas, los migrantes, los naufragios y el abismo insondable de las aguas. Al contemplar sus telas grises y dramáticas, uno tiene la certeza de que el artista sumerge sus manos en el Mediterráneo para extraer sus pigmentos azules y amalgamarlos con las ausencias de los desterrados.
No obstante, esta estatura artística se alza al margen de los círculos oficiales, esquivando las estructuras vacías y la arrogancia de los falsos guardianes del arte árabe en la diáspora. Lejos de los circuitos mercantilizados y de las cofradías de la complacencia —esas que confunden la sumisión cultural con la autoridad estética—, la obra de Aborawi emerge como un territorio de resistencia. Frente a la cultura del vasallaje que coarta la palabra libre, su poética responde únicamente a la urgencia de la conciencia.
Espacialidad, Color y la Poética del Infinito
En su etapa actual, la pintura de nuestro artista trasciende el marco tradicional para dialogar con la inmensidad del espacio y de la tierra. Su manejo del plano evoca la frescura vibrante del "Trigo de la era" de Van Gogh, pero con una audacia lineal que desborda los límites del bastidor. El trazo no concluye en la frontera del lienzo; por el contrario, arrastra al espectador hacia un infinito visual donde los azules profundos actúan como un verso lírico en medio de un tratado de inmensidad.
Su formación polifacética —como traductor de poesía entre el español y el árabe, doctor por la Universidad de Granada y heredero espiritual de horizontes que van desde el rigor del desierto libio hasta la memoria andalusí y el eco cultural de Damasco— dota a su plástica de una densidad intelectual inusual. No estamos ante un simple expresionista de gesto espontáneo, sino ante un artífice de la poesía visual.
La Estirpe de los Marginados Gloriosos
Al trazar su genealogía estética, es inevitable evocar a aquellos creadores árabes que conquistaron la gloria en el exilio mientras enfrentaban la desidia o la incomprensión de sus propios centros culturales. Aborawi se alza, junto a figuras capitales como el sirio Marwan Kassab Bachi, el iraquí-austriaco Omar Hamdi (Malva) o el marroquí Mohamed Kacimi, como testimonio viviente de un arte que rehúye la domesticación.
Su paleta —que en ciclos previos dialogó con la tragedia de los náufragos y hoy abraza la amplitud cósmica del paisaje y la figura humano— rechaza el cálculo cerebral en favor de una vibración puramente emotiva. Como las líneas de Goya o la fuerza compositiva de Picasso reinterpretadas desde la óptica de un exiliado, la pintura de Aborawi se convierte en el manifiesto visual más potente de nuestro tiempo: una defensa inclaudicable de la tierra, la dignidad y la libertad.
París / El Cairo (Museo Darna)
Abdelrazek Okasha
