Filosóficamente, y en sintonía con la visión de Gaston Bachelard¹ de que el dibujo «es una reinvención del espacio a través de la imaginación de la memoria», la creación visual, a mi entender, no nace de un registro mecánico de las formas, ni es un juego de sombras pasajeras o una fría destreza que imita los moldes clásicos perfectos. No todo pincel que toca los colores es capaz de escudriñar los misterios de la plástica; el arte verdadero es, en su esencia, una autobiografía escrita con la luz del alma y una destilación del sentido de la existencia.
El artista es aquel que se sitúa a una distancia consciente de la historia estética, sabiendo que caminar a ciegas por sus senderos no es más que un reciclaje inerte de las artes europeas. Él asume el desafío y el riesgo como su única opción para salvar su identidad y descubrir su ser sobre el "espacio de la superficie blanca", armado con una profundidad cognitiva y una visión intelectual que infunden vida al cuerpo de la materia silenciosa. Inspirándose en la máxima de Abu Hayyan al-Tawhidi² de que «la plástica es una geometría espiritual que se manifiesta a través de un instrumento corporal», su discurso divergente y su propuesta innovadora emergen a través de la investigación empírica y cotidiana, afectando tanto al estilo como al concepto simultáneamente.
Esta obra que hoy reposa en sus manos no es sino un intento serio de indagación y búsqueda conceptual, una sosegada inquietud visual; es el fruto de un deambular humano y de una investigación académica que recorrió horizontes en busca de soluciones alternativas que se alejen de la reproducción prefabricada. Una experiencia que converge en su profundidad con la visión del Gran Maestro Ibn Arabi³ de que «el arte es el desvelamiento de lo oculto de la existencia, no la imitación de su apariencia». Por ello, ha venido a saciarse en los manantiales de una cultura extendida entre continentes, impulsada por la pasión del conocimiento y la construcción de sus puentes.
Y porque el arte no se desliga de su fuente primigenia, mi salida hacia los horizontes de la modernidad contemporánea no fue una ruptura con las raíces, sino una activación de las mismas. Cuanto más me adentraba en los talleres artísticos de España, más me encontraba habitado por mi primera infancia, atrapado por la nostalgia hacia mi aldea natal, cuna de mi infancia y mi origen Al-Garabuli, y su mar cautivador que moldeó mi imaginación. Allí, donde se abrió el ojo del recuento ... yo era un alumno ingenuo a quien le robaban el tiempo las clases de pintura, y cuya sorpresa primera lo empujaba a garabatear sus sueños sobre los viejos muros del tiempo, jugando con los colores sobre la arena de la playa bajo un sol que nunca se pone, e incluso cuando se ocultaba... la noche del mar se envolvía en desbordantes galaxias plateadas.
Recuerdo perfectamente cómo llevaba el sol de aquel lugar y sus colores nítidos en la maleta de mi alma, para sembrarlos en las estrechas calles de Granada mientras esta respiraba su gélido frío, tejiendo de nuevo los hilos de la nostalgia e intentando, con mi imaginación, fundir mi primera juventud en mi presente español; para que el lienzo se convirtiera en el "istmo poético" donde las olas de mi niñez rompen para descansar en las riberas andaluzas de Cádiz, Salobreña y Nerja.
He transitado por las capitales del arte español, desde Madrid y Bilbao hasta Barcelona y Valencia, pero Granada fue la única ciudad que me hizo una llamada espiritual y el único puerto visual. No fue una mera estación académica pasajera en la Facultad de Bellas Artes de su prestigiosa universidad, sino que se convirtió en el "refugio espiritual" desde donde partí y la brújula a la que siempre acudo.
Cada vez que los viajes me llevaban lejos y el pincel me hacía navegar, me encontraba añorando sus detalles y su luz; evocaba su espacio mientras trazaba los rasgos de mis pinturas en América Latina, entre México, Argentina y Venezuela, y convocaba sus cálidas sombras mientras atrapaba la luz fugitiva en mis estancias del norte de Europa, entre Holanda, Bélgica y Austria. Fue el hogar y el laboratorio donde cristalizó la visión, y donde se mezcló la autenticidad de las raíces libias y sureñas con los horizontes de la plástica contemporánea.
Desde aquí, considero esta obra un panorama sensorial integral; un espacio que reúne la dispersión de mis libros y publicaciones nacidos del seno de las exposiciones individuales; aquellas cuyos detalles viví con mi misticismo y mi conciencia a lo largo de los años, donde cada logro creativo representaba el espejo de una etapa vital y artística que experimenté con todos mis sentidos. Esta plasmacion fluye para narrar esas historias capítulo a capítulo: comenzando por mi dolorosa mirada humana sobre "Los inmigrantes africanos en las Pateras", pasando por "La primavera árabe", la inclinación hacia el horizonte soñador en "El sur y el sueño", y el vuelo libre "Fuera del texto". Luego llegan las grandes escalas íntimas para relatar “mis Sueños en Granada", la transición apasionada "De Tassili⁴ a México", la observación del tiempo "A solis ortus ad occasus", hasta culminar este viaje con dos exposiciones independientes que sellaron este deambular, llevando consigo el eco del catálogo "Recuento" en sus dos volúmenes.
En todas estas tierras y etapas inmersas en identidades, mitos y colores, el lienzo era un espacio de encuentro de almas, reflejando la experiencia del viaje y la multiplicidad de puertos, pero siempre sellado con la impronta de aquel primer refugio granadino, para fundir esas obras distantes en una sola huella que resume una vida de creación y contemplación.
Este volumen condensa la dispersión de esas etapas entrelazadas; para que todas estas aves migratorias regresen, al final, a su nido y a su origen primero, aquí en Trípoli, donde comenzó la historia y donde me aferro a una parte del sueño.
Es una cálida invitación al lector y al observador para cruzar conmigo estos puentes, para que sigan siendo un testimonio vivo de que el arte es el único lenguaje universal que recrea el mundo con los colores de la libertad.
Matug Aborawi
Escrito en Al-Garabuli, verano de 2026
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¹ Gaston Bachelard (1884-1962): Filósofo y poeta francés. Teorizó sobre la imaginación creadora y el espacio poético como contenedor de la memoria. ² Abu Hayyan al-Tawhidi (c. 923-1023): Filósofo y humanista del Siglo de Oro del islam. Reflexionó sobre el arte como una geometría espiritual del alma. ³ Ibn Arabi (1165-1240): Místico y filósofo sufí andalusí. Planteó que el arte es un constante desvelamiento (Kashf) de la realidad invisible. ⁴ Tassili: Extensa meseta en el desierto del Sáhara, ubicada entre Argelia y Libia, célebre por albergar una de las mayores zonas de arte rupestre prehistórico del mundo.











